Estas fotografías no son el objeto, sino una marca en la superficie de la oscuridad. Existe un anhelo en la manera de concebir la imagen fotográfica, como si fuesen recuerdos de alguien más que se pueden reavivar con la mirada. Aunque los recuerdos no son materia sólida, tienen una superficie que enfría los dedos al tacto, y son éstas fotografías la superficie de un fragmento de mi vida.
La Vigilia me enseñó a armar almohadas cuando era pequeña.
Pasé mis vacaciones de infancia en el almacén de colchones de mi tío F., esperando que fueran las seis de la tarde para escuchar el ruido de la persiana metálica que indicaba que nos íbamos. Mi abuela, La Vigilia, me obligaba a ir (no podía quedarme sola en la casa) y algunas veces intentó enseñarme a coser. 
Conocí a mi abuela como dos caras de una sola moneda: antes de salir de la casa me dejaba armar corazones con la masa de las arepas para el desayuno y guardaba tinto en una botella de yogurt para la media mañana en el almacén. Por otro lado, tan pronto llegábamos se ponía la cinta métrica sobre los hombros, separaba las telas, prendía la máquina. Me decía (como si fuera un secreto familiar) que para cerrar bien un negocio se le encimaba al cliente un par de almohadas después de llevar el colchón, a modo de regalo. 
La almohada recibe la cabeza
Mientras ella cosía el forro de tela y le añadía el cierre por el revés, yo pegaba los bordes de las dos láminas de espuma amarilla que iban a soportar el relleno de algodón. Esa era mi tarea al inicio, luego tuve que desempolvar el plástico que cubría los colchones, sacarlos al andén para mostrarlos, acomodar la tela que se desprendía infinita sobre la mesa de corte para que mi primo pudiera trazarla. 
La Vigilia me enseñó a dormir con una almohada entre las piernas, como si fuera una especie de abrigo que opera de adentro hacia afuera, una ilusión. La Vigilia se apagó cuando no pudo seguir yendo al almacén. Sus últimos meses se la pasaba dormida, se despertaba solo para comprobar que seguía en el mismo lugar del mundo. Creo que dormir es lo más cercano a despedirse. El día que viajé a Cali para despedirme del cuerpo que me arrulló de pequeña, me quedé profundamente dormida en el bus y me desperté sintiendo que hacía mucho tiempo no veía la luz del sol. 
La almohada significa las tardes con ella en el almacén, me recuerda al sueño, a la despedida, a la ausencia de un cuerpo; porque los difuntos no sueñan, no necesitan una almohada que les abra ninguna puerta hacia ningún lado. Pienso en una almohada sin cuerpo que se le oponga, en la almohada que se ha hecho cuerpo para soportar la soledad. ​​​​​​​